Tenis histórico


Por Eduardo Puppo

Sampras: un Nº 1 con una actitud ejemplar
El “bueno” de Pete

La primera vez que vi a Sampras fue en agosto de 1990, en Flushing Meadows y por casualidad. Como siempre ocurre durante los primeros días de cualquier Grand Slam, deambulando de cancha en cancha me detuve en una donde el austríaco Thomas Muster definía un quinto set con el peruano Jaime Yzaga. Después del tie-break final y cuando ya la gente se desconcentraba buscando algún hueco para espiar otro partido, recorrí el “Daily Draw Sheet” y -lo reconozco- me interesó en principio observar de cerca al suizo Jakob Hlasek -en esa época aún en gran nivel-, que jugaba contra una de las esperanzas locales, Pete Sampras, del cual yo no sabía mucho: sólo que venía de ganar un par de torneos antes, según había leído en las cuatro líneas de resultados que llegaban desde el exterior, y que si ya estaba en tercera ronda era por algo.

Cuando me abrí paso entre los “hot dogs” y “hamburgers” de los espectadores, Hlasek estaba un set abajo. Pero lo sorprendente fue ver a un flaquito de pelo corto y cejas anchas -con típico look de estudiante universitario y nada interesado por el deporte-, conseguir un ace tras otro sin el mínimo esfuerzo. Allí le presté atención y me entusiasmé. Recuerdo que cuando volví a la sala de prensa les comenté a algunos colegas algo así como: “No saben cómo le pega Sampras...”, tirando inmediatamente el típico y desafiante “Este tipo gana el torneo...”, regresando a las tareas del día sin darle demasiada importancia al tema. Es que lo hemos dicho tantas veces después de ser testigos de grandes partidos protagonizados por ignotos tenistas que, al no llegar luego a finales felices, casi nadie le presta atención a tales apreciaciones.

Por supuesto, no descubrí a Sampras ni creía firmemente que sería el campeón, pero tuve la sensación de estar frente a un jugador superior, tal cual me ocurrió en el '79 con Gabriela Sabatini o ese mismo '90 con Jim Courier en Roland Garros, del cual se me ocurrió decir: “Cuando las meta no lo para nadie…”, sin pretender que nadie recuerde tales presagios... Lo cierto es que días después Sampras todavía seguía en el cuadro. Hlasek quedó atrás en sets corridos; luego eliminó al austríaco Thomas Muster, el 6º del mundo, en cuatro, y su prueba de fuego llegó contra Ivan Lendl -quien había alojado en su casa a Sampras para entrenar juntos dos temporadas antes- y que de las duras canchas neoyorquinas sabía bastante. A pesar de sus 19 años, el estadounidense tuvo el aplomo necesario para ganar con lo justo los dos primeros sets y sobrellevar la reacción de Lendl, por entonces tercero del ranking, hasta liquidar el match con un 6-2 contundente en el quinto.

Todavía escucho en mis tímpanos los gritos de Bud Collins (el periodista especializado más carismático, pintoresco y reconocido del mundo), sobresaltado tras la victoria de la estrella naciente que pasaba a semifinales y, acompañando a sus alabanzas, las de todos quienes ya apostábamos cualquier cosa por el Sampras candidato. Es que el sueco Stefan Edberg, Nº 1, era historia al perder en primera rueda y el alemán Boris Becker se debía eliminar con el pelilargo Andre Agassi en las semis. Para Sampras quedaba la durísima tarea -más sentimental que deportiva- de cortarle el paso a John McEnroe. Y lo hizo. Con absoluta calidad y autoridad arribó a la final.

Ya nadie dudaba de que -campeón o no-, el tenis local tenía un renovado y verdadero ejemplar con el poder suficiente para dominar la velocidad en el juego que se venía. El domingo 9 de septiembre de 1990 (el día después de la gran victoria de Sabatini sobre Graf) Sampras selló su pasaporte definitivo como figura, apabullando a Agassi, que aún no respondía bien en los grandes torneos. Con esos puntos se colocó número 5 del mundo.

En el '92 estuve una semana cubriendo Copa Davis en Hawaii, donde el equipo argentino enfrentaba a los Estados Unidos en primera ronda. Dejando de lado lo mal que nos fue dentro de la veloz cancha de cemento, allí comprobé que Sampras era un buen proyecto general de líder: técnica exquisita, ganador, educadamente atrevido y tan clásico como terrenal. ¿Por qué? Porque no se llevaba la vida por delante; porque -al contrario de sus compañeros Agassi y McEnroe- compartía desayunos con gente desconocida alojada en el hotel; porque conversaba con ellos y posaba para las fotos; porque tomaba sol junto a su monumental novia DeLaina al lado de cualquiera y por el simple pero importante detalle de... saludar. Lo hacía con los choferes de los autos, con los empleados del descomunal Mauna Lani Hotel y también con la media docena de periodistas argentinos que llegamos hasta las islas cuando, al tercer día, ya nos veía la cara en cada pasillo, en cada entrenamiento, en cada caminata hasta el club, a unas cuadras del alojamiento.

En uno de los días previos nos cruzamos en el ascensor (las habitaciones de los jugadores y los periodistas estaban en los mismos pisos) y tras un tímido “Hi” que partió inesperadamente de su boca (él había pedido el elevador primero; luego llegamos una señora española con su marido y yo), la casual acompañante le preguntó en perfecto inglés: “¡Qué raro! Sos tan famoso y sin embargo tan amable”. Y Pete, casi sonrojado, palabras más, palabras menos, contestó: “Pero no soy diferente por eso... No tengo por qué ser maleducado...”, expresó casi balbuceando. Sí, tenía los pies aquí, en la Tierra. Era un tipo normal a pesar de su condición de estrella. Y años después continuó en su misma postura, demostrando que no era una fachada inventada como ya habían vendido varios de los top. En mi caso, tuve el honor de ser “saludado” en los torneos inmediatamente posteriores que lo crucé, Roma, Roland Garros y el US Open del '92. Sucedió hasta que mi fisonomía se desvaneció inexorablemente en su memoria, como debe ser.

No se le podía encontrar grandes fisuras, porque cuando jugaba derecho -y, obviamente eso sucedía a menudo- era imbatible. Y además fue un gentleman que respetó a sus rivales; a las decisiones de los jueces -a pesar de masticarlas por dentro-; les dio crédito constante a su primer profesor Pete Fischer; a su desaparecido coach Tim Gullikson; a su masajista Walt... En eso le quitó el manto de locura, histeria, agresividad y sensacionalismo que semejante posición tenía como estereotipo.

Sampras completó el cuarteto de “buenos” junto a Mats Wilander, Stefan Edberg y Jim Courier -a quienes se sumaron más adelante Roger Federer y Rafael Nadal- todos con características muy naturales, sacándole definitivamente la fama de “inalcanzable” a los ídolos deportivos y, en este caso, a los número uno. De Edberg se decía que las tenía todas: el mejor del mundo, atleta, multimillonario, cortés, buen tipo y, encima, pintón. De Sampras puedo afirmar que los cinco primeros puntos se cumplieron al pie de la letra...

* Cubrió Copa Davis en Hawaii en 1992 donde tuvo el primer contacto con Sampras.


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Coautor tetralogía de libros Historia del tenis en la Argentina, analista de tenis de CNN en español, director Tenniscom.com, director de prensa Copa Claro, Copa Peugeot Argentina, Peugeot Green Tennis Cup, etc.

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