Tenis histórico


Por Juan José Moro

Copa Davis Argentina vs. Australia 1990
Lo positivo de una derrota

Cuán antojadizo suele ser el comienzo o el enfoque de una nota. Como una forma de evitar el capricho, dados los innumerables matices que ofrecieron, en aquel sentido, las semifinales mundiales de Copa Davis 1990 entre la Argentina y Australia, voy a recurrir a dos anécdotas: una, al viajar hacia Sydney; y otra, al regresar a Buenos Aires. Es inevitable, cuando volamos para cubrir un torneo, la conversación con algún conocido en el aeropuerto o en el mismo avión. Aquella vez no fue una excepción: “¿Hay chances de ganar?”, nos preguntaron. Y nuestra respuesta fue: “La duda es si perdemos 4-1 o 5-0... En todo caso, lo mejor que podría pasar es perder 3-2”.

Ese fue, exactamente, el diálogo frente a la conocida tripulación que nos asistía. Más que restarle mérito al equipo argentino, trataba de esclarecer ante un posible profano la gran superioridad potencial de los locales jugando sobre césped. Ni bien regresé al país recibí el llamado del Director de Medios de una agencia de publicidad. Primero me trasladó su arrepentimiento por no haber participado en las transmisiones radiales que yo había hecho, dado que por razones de horario el medio radial tuvo gran ventaja sobre cualquier otro. Aunque el empresario en cuestión también agregó la excusa encontrada: “Después de todo, los argentinos jugaron muy mal y no participamos de un papelón...”

Vayamos a Sydney. El juicio del legendario australiano Ken Rosewall, una de las glorias “aussies”, fue algo así como un consuelo: “Hoy, Pat Cash fue el mejor jugador del mundo sobre pasto y por mucho”. Así, textual. Y podría llegar a ser cierto porque su exhibición contra Alberto Mancini en el arranque de la serie fue notable. Lo difícil era saber qué hubiese sucedido si enfrente habría estado un especialista en esa superficie. Pero sí se puede asegurar que ningún argentino podía ganarle al australiano ese día.

Cabe aquí el interrogante sobre la decisión de incluir a Mancini. Obviamente es más fácil hablar después de ocurridos los hechos. Mancini tenía a su favor una trayectoria muy positiva en Copa Davis y, por otra parte, no se contaba con un jugador capaz de realizar un mejor rendimiento. Es probable que teniendo en cuenta la larga crisis del ex campeón de Montecarlo y Roma, no ponerlo hubiese protegido más al jugador. Pero tal vez, esa determinación podría tener sus aristas de injusticia dado el innegable derecho adquirido por el propio tenista.

Y fue Mancini el que quiso salir al ruedo y ¿cómo decirle que no a quien no sólo tenía el derecho ganado como auténtico “copero” sino que le había dedicado un mes completo de entusiasta, responsable y total dedicación a la serie? El momento de decisión, en caso de una resolución diferente, debió producirse en Buenos Aires y un mes antes.

El segundo punto, entre Martín Jaite y Wally Masur, abrió un camino hacia lo último que debe perderse: la esperanza. Y esta verdad de Perogrullo nos puso en duda con respecto a nuestra aseveración a 11.000 metros de altura: en los dos primeros sets y gran parte del tercero, Jaite jugó hasta lo inimaginable sobre césped. Esa estupenda actuación dio lugar al valiosísimo juicio de Neale Fraser, el capitán australiano: “Fue un brillante partido de tenis. Pocas veces se ve -y vaya si habrá visto quien estaba desde hacía 20 años en la silla- un match donde hay tanta presión y donde se cometan tan pocos errores no forzados de ambos lados”. Y el reconocimiento también lo dio Masur: “Jaite me sorprendió, no creía que jugara tanto”. Rosewall volvió a reflexionar: “No comprendo por qué un jugador con las características técnicas de Jaite no juega en Wimbledon”. Realmente no le faltó nada al argentino, más que seguir colocando el primer servicio otro par de games. El mismo protagonista lo expresó con sabiduría: “Estaba jugando muy en el límite de mis posibilidades”.

El dobles, definitivo al fin, marcó la etapa de creer en el tercer punto de cada Copa Davis. Como en Nueva Delhi '87 pero en mucha mayor medida, Javier Frana y Christian Miniussi jugaron en forma memorable. ¿Qué faltó para ganar? Según “Minuto”: “Pasó un poco de todo. Ellos jugaron demasiado bien los puntos más importantes de cada set y tuvieron algo de suerte. En el 5-4 del segundo no fuimos decididos a buscarlo y, estando 30-0 nosotros, fueron ellos los que salieron a matar”. Y Frana opinó algo similar: “Tuvieron la cuota de suerte que siempre se necesita para ganar un partido tan cerrado”. Restó precisamente eso: ganar. Pero redondearon un partidazo y los argentinos fueron coautores de un gran espectáculo.

El resto de la serie sólo sirvió para la televisión local. Fue y será siempre lo mismo: 3-0, 5-0, 4-1, 3-2. Ganó el mejor en esas canchas, como estaba en los cálculos de los unos y de los otros. Porque lo dijo Jaite: “Nos faltó un Becker sobre césped y no lo tenemos”. Porque lo dijo Mancini en el cierre del domingo: “Creo que esperábamos que íbamos a perder”.

El epílogo es para aquel señor Director de Medios: no fue un papelón ni mucho menos. Que lo digan los australianos, sino, que no paraban de festejar tras ganar el dobles. Al contrario, lo hecho por Jaite y la pareja argentina fue mucho más de lo esperado. Si algo dentro del equipo o en el “establishment” no funcionó del todo bien, lo saben los propios integrantes, pero visto desde afuera, el rendimiento máximo que fuimos a buscar se consiguió. Había base para pensar que, como dijo Jaite antes de viajar a Sydney, “hay equipo”. Equipo para competir en serio. Equipo con responsabilidad y entrega. Pero para ganar una Copa Davis, se sabe, se tienen que dar muchísimas otras circunstancias favorables.

* Presente en la serie realizada en Sydney.

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Periodista de Radio Rivadavia.

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