El tenis más allá del tenis
Por Nadia Durruty

A vestirse de blanco, que el tenis se ensució bastante

¿Qué habría pasado si allá por el siglo XIX, cuando los caballeros de la corte inglesa introdujeron el tenis en la ciudad de Wimbledon, hubiesen visto el partido en el que se enfrentaron Lleyton Hewitt y Guillermo Coria durante las semifinales de la Copa Davis 2005?. Mostrando el puño a la cara del adversario y gritando su archifamoso “Come on!” en señal de desafío, el jugador australiano demostró un espíritu altamente antideportivo, como así también su contrincante argentino, a quien no le importó tocarse los genitales a la hora de provocar al adversario. De seguro que hace más de un siglo, cuando sólo los hombres y mujeres de clases altas practicaban el tenis, jamás se hubiesen imaginado una situación así en su querido “deporte blanco”, llamado así por todos no sólo porque se usaba ropa blanca, sino también porque el jugador era muy educado y con buenos modales hacia su competidor. Pero hoy la situación es muy distinta: los raquetazos al piso, los insultos y hasta algún escupitajo están a la orden del día, sin la aplicación de medidas ejemplares por parte de los entes rectores.

Tradicionalmente, los críticos han tendido a establecer una marcada distinción entre deporte masivo y deporte de elite, atribuyéndole al primero todos los vicios, y al segundo todas las virtudes. Pero no se trata de defender el origen caballeresco del tenis ni del elitismo que aún lo rodea sino de entender que la influencia del deporte en general sobre el comportamiento de la sociedad no puede ser subestimada. No sólo refleja los valores sociales en un momento histórico determinado, sino que también forma diversos rasgos de carácter en quienes, ya sea activa o pasivamente, entran en contacto con él.

Algunos de esos valores y actitudes son considerados positivos como la autodisciplina, el espíritu de sacrificio y el juego limpio, aunque desgraciadamente sean los menos tenidos en cuenta hoy en día. Sin embargo, aquellos que son señalados como claramente negativos, entre ellos la desobediencia a las autoridades y los reglamentos, un exagerado espíritu competitivo y la disposición a humillar al rival, no parecen ser cuestionados en la actualidad y por ello las cosas han tomado un camino bastante diferente al que tuvieron en sus orígenes. En una mirada hacia el pasado, resulta reconfortante leer las reglas aprobadas por el Consejo de la Asociación Argentina de Tenis en 1923 y saber que el ¿ex “deporte blanco”? del presente nació empapado de una ética y un espíritu deportivo dignos de ser recordados, ya que son conceptos que no abundan en nuestra sociedad, y mucho menos en el tenis que tanto queremos.

¿O acaso es común que un jugador obedezca la pauta de no desaprobar la decisión de un juez, ni siquiera con un gesto?. ¿Y qué hay de la regla que aconseja nunca discutir con su adversario sobre un tanto dudoso sino que, por el contrario, hay que apresurarse a ceder en su favor?. Ni hablar de aquella que sugiere no alegrarse cuando el contrincante haya errado un tanto, ni mucho menos recurrir a artimañas que pongan nervioso a su contrario. Es claramente una obviedad decir que ninguna de estas reglas se cumplen al pie de la letra, mucho menos la última, que es moneda corriente en el tenis profesional.

Para no alimentar estos ejemplos, todos los amantes del tenis - tanto amateurs, profesionales, juveniles, árbitros, jueces y aficionados en general- deberían “vestirse” de blanco por un momento e intentar transmitir el significado de la verdadera competencia. Entre todos, se puede demostrar que el real concepto del deporte blanco todavía es posible. Y que un deportista es, ante todo, un caballero.

© 2006 Nadia Durruty

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