Foto “Gentileza Archivo Revista El Gráfico”
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US Open 1990

Gaby, en su sábado más glorioso

por Eduardo Puppo

Ese viernes 7 de septiembre de 1990, alrededor de las 6 o 7 de la tarde, me sentí raro. No era normal para mí tener el “estómago revuelto” a esa altura del torneo, aclimatado a Nueva York y a pesar de la comida que ya conocemos. Mi cuerpo nunca se había manifestado así. Por un lado, se escapaba el sol, que visto desde la cumbre del estadio Louis Armstrong -aún ni se proyectaba construir el gigantesco Arthur Ashe- regalaba un paisaje sentimental como todos los atardeceres. Con el correr de los años y la beligerante y absurda acción terrorista, la única variación es que hoy ya no se visualizan, como aquel fin de semana, las torres gemelas allá lejos y a la izquierda del complejo. Por otro, me despedí de la flamante finalista del US Open: Gabriela Sabatini. Ella partió hacia su morada en uno de los lujosos coches destinados por la USTA (asociación norteamericana de tenis) para los jugadores top, con su hermano Osvaldo y no recuerdo si los acompañó ese día Willy, un amigo de ambos, que estuvo junto a ellos todo el torneo. Nos saludamos con un “chau, hasta mañana”, como si nada pasara. Pero sí pasaba. Y mucho. Le “leí” una rara mezcla de sosiego y optimismo encubierto; plantada con firmeza y seguridad de cara a todo lo que le restaba hacer. Muy difícil de definir o comprender para mi entonces. Ahora, con los hechos desandados y desmenuzados y a una gran distancia en el tiempo, sé la respuesta: eso sucede en la víspera de momentos sublimes y, por alguna razón que no puedo explicar, mi humanidad lo captó. Gaby se fue tranquila, enfundada en un buzo azul y cargando un bolso que muy poco después cobijaría esa plateada, exclusiva y escurridiza copa que fabrica la no menos elitista casa Tiffany, que tiene sede en Manhattan. Durante los 13 días de duración que tuvo el torneo de damas, Gabriela hizo mucha vida de hotel, con cenas livianas en la habitación, nada de llamados o salidas y largas sesiones en el National Tennis Center -renombrado en 2006 como “Billie Jean King”-, con varios ejercicios de distensión como jugar al fútbol con las balls de tenis, con pechito, cabeza y goles ficticios que alegró a los ocasionales espectadores en las canchas de práctica. Siempre con sus shorts coloridos que utilizó sólo en los entrenamientos. Tomé el puntual bus de prensa -que en realidad alberga a jueces de línea, algunos jugadores de menor nivel, invitados especiales- que generalmente compartimos con los colegas argentinos a la ida y a la vuelta, aunque con la libertad de eligir el horario, pues parte cada media hora hacia y desde la isla. Ese día volví solo. Bueno, es un decir, ya que siempre se atiborra con otras 50 o 60 personas anónimas, que nunca paran de hablar. Los distintos idiomas se fueron confundiendo con la ola polar que se padece adentro de esos freezer con ruedas. Traté de ordenar los pensamientos, alterados por la vorágine atravesada. Daban vueltas recurrentemente. ¿Podríamos verla levantando la copa? ¿Le ganaría a Graf? ¿Seguiría en ese nivel durante toda la final? Uff... Creo que yo, como seguramente los demás colegas que regresamos escalonadamente hasta el tantas veces remodelado hotel Loews, en Lexington y 51, nos pusimos más sensibles que la propia Sabatini. Obviamente tampoco pude dormir bien y no...

© Eduardo Puppo/Libro "La historia del tenis en la Argentina"/Prohibida su reproducción.