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US Open, sicosis con fundamento
A dos años del dramático martes 11 de septiembre que vivieron los norteamericanos en carne propia, y el resto del mundo por televisión, pudimos comprobar el ajuste de clavijas que se realizó en Nueva York con el tema seguridad. Fue mucho más exigente que en 2002 y, en algunos casos, desmedido según del lado que se lo mire. El US Open, como cualquier otro acontecimiento deportivo multitudinario, es una verdadera tentación cuando se habla de terrorismo. Potencialmente, cerca de 40.000 personas circulan diariamente en un rango de kilómetros acotado. Un blanco fácil, si se quiere, para las mentes desquiciadas que pergeñaron masacres como las de 2001.
Cada sector del estadio contó con guardias constantes y nadie cruzó ninguna barrera sin ser revisado. Las credenciales tenían códigos de barras que sirvieron para chequear cada entrada o salida del predio. Pero lo más impactante fue ingresar con un bolso, por ejemplo. Allí fueron implacables: miraban meticulosamente cada espacio, cada bolsillo. En algunos casos, según el personal de turno, la visualización fue a vuelo de pájaro, pero la mayoría de los controles se realizó a conciencia. En esa tarea estuvieron cientos de agentes contratados; mirando a cada ser humano cuyas facciones puedan parecerse a los identikis que todos conocemos. Aquellos que llegaban sin nada en la mano tenían otra vía de acceso: without bags y evitaban las colas.
En la primera semana los fans tuvieron que chocar también con un alto que no tenían en cuenta: se les quitaba las viandas que tradicionalmente se lleva para pasar el día y gastar lo menos posible. Kilos y kilos de comida eran confiscados y decomisados. Luego se aplacó, ante la queja de muchos, que no lo consideraban justo, especialmente por los altos costos de los productos que se vendían internamente. Una botella de agua mineral, por ejemplo, costaba 4,50 dólares; un hot dog, 4,75; una hamburguesa, 7,50; una pizza mediana, 7,75; papas fritas, 6,50; un vaso mediano de gaseosa, 3,50... Fue nota en todos los diarios, incluído el New York Times. Fans Fault tituló alguno por allí. Era imposible alimentarse. Luego del shock inicial, las medidas se suavizaron y se permitió ingresar algunos elementos de superviviencia ante el calor, la humedad y los precios. Todo tenía que ver con la seguridad y con el contrabando de comida.
Pero no terminaba allí. Los bolsos no debían medir más de 12 x 12 pulgadas y se quitaron los lockers donde guardalos; no se podía portar cámaras de video en ciertos sectores, ni lentes de fotografía de gran porte, tampoco televisores o radios portátiles, estuches de anteojos, animales, banderas o carteles agresivos. Los teléfonos celulares y pagers estaban permitidos pero con la condición inexorable de permanecer apagados durante el juego, cosa que no se cumplió jamás, obviamente, por la típica avivada de la gente. El colmo fue redireccionar la entrada de los buses que trasladan periodistas, jugadores, allegados, etc.- a varias cuadras del National Tennis Center. La razón: eliminar la posibilidad que uno de ellos estuviera cargado de explosivos y siguiera su marcha desenfrenada hasta el interior del complejo, al mejor estilo Alta velocidad I...
También fue complicado ir con auto. Las carreteras que culminan en Flushing Meadows Corona Park, donde está el estadio, fueron cerradas o desviadas y el estacionamiento quedó a cientos de metros, que la gente debía hacer caminando. En eso se pusieron de acuerdo la USTA y la comuna de la ciudad, con miles de policías controlando. Por eso muchísimo público arribó vía subte, especialmente cuando el torneo de tenis se juntó con los juegos de béisbol de los New York Mets, en el Shea Stadium pegado al tenis.
Muchos tildaron a los organizadores de desmedidos. No creemos que se haya rozado el autoritarismo ni cometido excesos. Es más, sólo basta darse una vuelta por Ground Zero, ver el pozo que quedó donde se elevaban imponentes las torres gemelas del World Trade Center, para comprenderlos un poco más. En ese lugar, convertido casi en santuario, con flores y gente que aún se detiene a llorar por los seres queridos perdidos en la catástrofe, está toda la explicación a la sicosis que se vivió. El tenis y los contratiempos que padecimos los que fuimos trabajar o los que fueron a disfrutar, son mucho menos importantes. Quejarse era, sin dudas, un disparate.
© Eduardo Puppo - 2003.