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Raquetas por el piso
La irrebatible y apabullante realidad de los jugadores argentinos hace pensar en cosas mayores; en soñar con los flashes de la gloria, en el dominio de la cúspide, cada vez más inminente. Y eso no sólo es deportivamente hermoso, también supone una carga gigantesca de responsabilidad. La gran pregunta es: ¿están preparados, los que juegan, para sentarse en la silla de la consideración mundial y convertirse en ídolos? Y nosotros, ¿estamos preparados para recibir y acompañar a un grande?
Nadie nace sabiendo ser famoso o con la habilidad para manejar correctamente las victorias y la riqueza. Por eso estas reflexiones tienen como fin ponernos en autos luego de tantas alegrías. La transpiración, el dolor de cuerpo, los músculos agarrotados, las horas de cancha, de aviones, de ansiedad, lo que no se ve, es mérito de cada jugador. Y ellos merecen el aplauso. Ahora bien. Durante este Roland Garros que ya es historia, mucha gente de club nos hizo ver un detalle: tirando raquetas, los argentinos se llevaron todos los honores. Uno tras otro los inocentes elementos se estrellaron contra el ladrillo parisino. Fueron demasiadas veces. Los espectadores optaron por silbarlos, abuchearlos y los más tradicionalistas, por mirar para otro lado. El punto no es dictaminar si está bien o no, sino analizar si es un camino de desahogo e impotencia o una moda inverosímil. Queda claro que nadie le enseña a un chico a tirar la raqueta, a insultarse a sí mismo, al umpire, al rival o al público. No es un dato menor, porque cuando el soberano se queja, hay que escucharlo. Y entre ellos hay pequeños que miran; que reciben un mensaje distorsionado de quienes admiran. Entonces prestamos atención y tenían razón: perdimos la cuenta de la cantidad. Con más o menos fuerza, mayor o menor bronca, allí estaban, golpeadas y rotas, las raquetas por el piso.
Que quede claro: esto no pretende ser un sermón, ni vale la pena nombrar a los jugadores que maltrataron a sus herramientas de trabajo. Sólo tomaremos un caso como muestra porque sirve de punto de partida para intentar comprender. Y porque es el que tuvo exposición mediática.
En el match entre David Nalbandian y el francés Nicolas Coutelot, que el argentino perdió en cinco sets, la polémica se desató desde una raqueta voladora. Cuando terminó el partido, los jugadores hablaron bastante tras darse la mano. ¿Qué pasó? Según David: le dije a Coutelot que no sabía el reglamento; que ahora no me debían dar un punto en contra si ya tenía una advertencia... Y el francés aclaró en conferencia de prensa que David tenía un warning y el partido era muy duro. Yo estaba 5-1 y 30-0 en el quinto set y él rompió otra raqueta. Eso siempre significó un punto de penalización. Pero el umpire no dijo nada. Si lo hacía, me ponía match point. Eso fue lo que le recordé al juez. Pero luego David me dijo que yo no tenía que hacer esas cosas porque soy su amigo... Pero le contesté que más allá de la amistad hay reglas que cumplir y yo no quería regalar nada, porque él bien podía dar vuelta el partido y ganarme, cosa que no me hubiera gustado nada.
Antes de este episodio final, Nalbandian había roto tres raquetas. Una de ellas, la última, casi lo golpea en su propia cara. Pero, aunque muchos se sorprendan, las reglas amparan al argentino. El tema Violación de Código por abuso de raqueta se flexibilizó. Ahora, el jugador puede demostrar su ira y frustración tirando la raqueta siempre y cuando no la rompa ni sea peligroso para los ball persons, oficiales de cancha o público. Es así, nomás.
Desde aquí no le vamos a enseñar a nadie a jugar, a ganar o a perder. Ni tampoco es algo que descubrimos nosotros, porque se vio por televisión, se escribió en los diarios y se dijo por radio. Y además, respetamos a David a ultranza. Todo tiene que ver con la presión, sin duda alguna. Ningún tenista argentino es mala persona o mal perdedor. No suelen ser irreverentes con sus rivales y saben muy bien cuánto se juegan y que los ojos del mundo están sobre sus hombros. Y además, ¿quién puede asegurar qué reacción tendríamos allí dentro, con puntos, dinero e historia en juego? Ojo, esto sucede en todos los niveles: challengers, futures, interclubes, internos, amistosos... Pero claro, al avanzar y tener detrás millones de miradas, las demostraciones violentas de fracaso no son recomendables. Después de este Grand Slam, tal vez, los propios jugadores analicen si tiene sentido las actitudes que vulnera sus fuerzas. Insistimos: son todos excelentes seres humanos, francos y normales. Pero renegar de situaciones no aprovechadas siempre significó, estadísticamente, perder games, sets y matches. Como triste broche de oro sobrevino lo de Coria ante Verkerk al finalizar el primer set de las semifinales en París: arrojó su raqueta sin darse cuenta hacia atrás y le pegó a la ball-girl... El Mago levantó los brazos, se tomó la cabeza, pidió disculpas, se sacó la remera y se la regaló, etc. etc. Entraron los supervisores para analizar qué hacían; consultaron al umpire, a Verkerk, a la chica involucrada y finalmente le perdonaron la vida con una advertencia. No fue intencional, pero casi le cuesta la descalificación. Horas después lo multaron en dos mil dólares. La sacó barata.
Si hay algo para copiar, copiemos de lo bueno. Por ejemplo, la actitud de algunos colosos del tenis. Sin mirar muy lejos, tomemos el caso de Pete Sampras. Fue número uno de la mano de la humilad y la caballerosidad. En su larga trayectoria fueron escasas las demostraciones de ofuscamiento. Respetó las decisiones de los jueces aún masticándolas por dentro. Sólo recordamos una reacción "violenta" en los partidos que le vimos: luego de un fallo en su contra Pete se acercó al umpire mirándolo fijo y, cuando todos nos esperábamos una protesta, le dijo con una seriedad que daba miedo: "¿apostarías tu vida asegurando que esa pelota fue mala..?". Se dio vuelta y siguió jugando. Sin palabras.
© Eduardo Puppo - 2003.