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Deporte en tiempos de conflicto

No es un tema nuevo. Y lamentablemente no lo será nunca. Será repetitivo. En los últimos 20 años ya sufrimos varios conflictos bélicos entre países. Todos dejaron secuela en el deporte, el tema que nos toca discutir. Para el tenis, tres de ellos hicieron daño y los recordamos claramente. En 1982, la Guerra entre la Argentina e Inglaterra nos dejó un manto de dolor imborrable, con tono de injusticia y barbarie. En medio de la lucha, como sucedía desde hacía 100 años, se jugaba el tradicional torneo de Wimbledon, en Londres. A dos meses de aquel cruel 2 de abril los mejores argentinos de la época, Guillermo Vilas y José Luis Clerc, le dijeron no a la cita, resignando lo que era casi obligatorio para sus carreras. También se solidarizó el ecuatoriano Andrés Gómez, que con 22 años no viajó por no estar de acuerdo con el enfrentamiento. Esa edición, por aquel motivo, no fue de las mejores ya que cinco de los diez primeros del ranking mundial (Borg, Vilas, Clerc, Lendl y Teltscher) no jugaron por la inseguridad reinante.

La segunda fue en los terribles meses iniciales de 1991, cuando la Guerra en el Golfo Pérsico también hizo estragos en los humanos y el deporte se vio afectado en un porcentaje más alto que en el ‘82. La Copa Davis resultó la gran perjudicada: cuando el primer misil salió disparado, la orden de suspensión se desparramó por el mundo. Los primeros encuentros cancelados fueron Kuwait-Singapur e Irak-Jordania, por el Grupo Asia-Oceanía. Y en el pico de la contienda también se postegaron Israel-Francia y México-Estados Unidos, por el Grupo Mundial, básicamente por culpa de la constante presión de los atentados. Para rematar la serie de desbarajustes, tampoco eran de la partida Bahrein-Bangladesh, Sri Lanka-Siria, Malasia-Arabia Saudita, Egipto-Senegal y Argelia-Costa de Marfil. El presidente de la FIT -Brian Tobin- no descartaba incluso anular esa edición de la Davis si no había solución al conflicto. Una peligrosa “onda expansiva” se desparramó a todos los deportes. El miedo atrapó a las esquiadoras norteamericanas, a los basquetbolistas irsaelitas, a la FIFA que dejó atrás partidos programados… O cosas tan simples pero dolorosas como una carta de invitación de la Federación Internacional de Atletismo a los representantes de Kuwait para su asamblea anual, que a vuelta de correo trajo un estremecedor sello que decía “no entregada por país en guerra…”. Fue la única silla vacía.

El tercer mal trance nació con los choques étnicos en Yugoslavia, con verdaderas masacres promediando 1991. Serbia y Croacia eran el eje de la discordia. Goran Ivanisevic decía que “si es una orden, no jugaré la Copa Davis ante Francia”, después que el Comité Deportivo croata anunciaba que no colaboraría con los dirigentes yugoslavos. Y Goran Prpic, otro de los buenos jugadores de entonces, remataba con un “no podemos jugar por Yugoslavia si está desintegrada y donde se asesina a gente inocente”.

En la Argentina, hoy, lo de Irak obligó a suspender la gira de los Pumas a la quinta etapa del seven de Hong Kong, justo un día antes de viajar. Y la avalancha se extendió a casi todas las variables posibles emulando lo del ‘91: el Mundial de Enduro, el Maratón de Washington, el Mundial de Cross-Country, etc. etc. En cada cita deportiva los carteles de “No a la Guerra” son moneda corriente al igual que hacer un instante de silencio tal cual vimos en el Nasdaq antes de cada encuentro. Muchos se acoplan de la manera que pueden: en ese mismo torneo los tenistas eligen un tema musical para acompañar sus ingresos al estadio. Andy Roddick sugirió “Born in the USA”, el hit de Bruce Springsteen, y no tuvo problemas. Pero Jennifer Capriati, más frontal, pidió “Bombs Over Baghdad”, una canción que el grupo rapero Outkast lanzó en 1999. ¿Qué pasó? Pusieron la primera parte y a los 57 segundos la cortaron, justo cuando comenzaba el estribillo, claramente ofensivo para los Estados Unidos. Capriati, no muy contenta, dijo que “fue una lástima, yo amo esa canción y pensaba que podría ser un buen apoyo a las tropas…”. Martina Navratilova, tras enterarse, fue directa: “limitan los derechos de expresión; deben frenarlo ya mismo. Las autoridades dicen que el 70% de la gente está de acuerdo con la decisión de atacar y yo aún no pude encontrar a nadie que lo esté…”.

Paradójicamente hay grandes muestras de unión, como el famoso dobles que formaron en 2002 Amir Hadad de Isarel y Aisam ul Hag Qureshi de Pakistán, merecedores del Premio Humanitario Arthur Ashe. Ellos se pararon más allá de las tensas relaciones judeo-islámicas en Medio Oriente. Y fueron apoyados por padres, amigos, el mundo del tenis y del deporte en general. Ahora, los responsables de manejar este planeta tan revuelto vuelven a chocar con la misma piedra. Y la incertidumbre cobra vigencia. El deporte hace todo lo posible por frenar aquello que está a su alcance, entregándole alegría, distracción y un poco de paz a la gente. Desgraciadamente, no suele alcanzar.


© Eduardo Puppo - 2003.



* Director Tenniscom.com, analista CNN en Español, Director Prensa ATP Buenos Aires, Copa Petrobras, Copa Peugeot Argentina, etc. Cubrió más de 40 Grand Slam además de Copa Davis, Copa Fed y Masters de damas y caballeros.