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Juego de niños... Y de grandes
Hacía un tiempo que no transitaba por los torneos de menores. En realidad, pasó bastante desde que seguía a pleno y de cerca las alternativas de estos certámenes iniciales. Por distintas razones profesionales, aquellas mañanas y tardes de fin de semana viendo a los chicos en nacionales y metropolitanos se fueron espaciando y luego desapareciendo. Mal.
Hoy, con timidez, me vuelvo a acercar, empujado más que nada por el anhelo de apoyar a mis hijos, que heredaron de nosotros, sus padres, el entusiasmo por este deporte. Sin un gramo de ambición futura y conocedores que el tenis profesional de alto rango, como tal, pertenece a unos pocos elegidos, estos pre adolescentes lo toman con un sano y hermoso sentido social. Gracias al tenis podemos dormir tranquilos cuando, amigos por acá y por allá, los invitan a compartir un sábado por la noche en otra casa, a ver una película o a un intercambio tenístico amistoso. Pero el fin de la cita es otro. Está apuntado a las raíces que ellos mismos se van tejiendo. A ese sentimiento de compañerismo forjado por los buenos ejemplos y por el alma, invisible, que increíblemente aún perdura en lo más profundo del tenis. Mis propios hijos -que representan en este caso a miles de seres en la misma situación- se están nutriendo de estos valores y eso es impagable.
Cuando descartamos metas imposibles y bajamos al lugar que nos corresponde, todo se percibe más natural. Se lo podría llamar "el placer de jugar por jugar", aquel que, por suerte, no tiene edad y se pasea con la frente alta en tantos rincones ocultos pero jamás olvidados por el entorno que los contiene. ¿Quién no volvió a su hogar y le contó a su esposa lo bien que jugó ese dobles o que fue "el mejor" de la cancha? ¿Quién no revivió, por la noche, un triunfo definitorio en el Interclubes de cuarta? Momentos a veces sublimes que nos alimenta las ganas de continuar y mejorar. Y más sabor cobran las alegrías cuando, encima, realizamos una acción "poco común": conceder dos pelotas más ante una duda o ver que el de enfrente nos aplaude aquel revés que nunca pensamos que entraría... Son pequeños premios que "pagan" los sacrificios que hacemos buscando un hueco entre el trabajo y el descanso para escaparnos y vestir los cortos.
Escribo de esta forma por dos hechos puntuales y personales. Uno, el que me tocó presenciar cuando acompañé a uno de mis hijos: después de dos horas y media de un partido cerrado, donde los dos corrieron hasta revolcarse en el polvo de ladrillo, llegaron al match point en el tie break del tercero. Le tocó sacar a mi hijo con ventaja y la pelota, muy pero muy dudosa, pasó de largo. Cuando el mío se aprestaba al segundo servicio, su adversario se acercó al pique, se agachó, lo estudió y le dijo: "No, fue buena" y se acercó a la red para darle la mano. Con un nudo en la gargarta entré a la cancha y lo felicité por el gesto. Estaba con sus ojos vidriosos, al borde de las lágrimas, entre herido por la derrota y orgulloso por su postura. No tengo dudas que tanto él como sus padres, que miraban detrás del alambrado, terminaron ese domingo más que satisfechos.
Casi como un mensaje divino días después, en Roma, Andy Roddick protagonizó algo similar, pero en el encarnizado circuito profesional: tenía match point a favor frente al español Verdasco, quien servía. Lo hizo, el juez la vio mala y cantó game, set, match, Sr. Roddick. Pero el norteamericano se acercó al pique, lo miró y dijo: fue buena. El partido continuó y todos saben con qué final: Roddick perdió 6-4 en el tercero...
Otro tema fue una carta que recibió mi señora luego del ATP Buenos Aires, de varios alumnos de una escuelita de Soledad, Santa Fe, agradeciendo el trato recibido el día que visitaron el torneo y una nota que publicamos en la edición de marzo de Sólo Tenis. Lo único que soñaban decían- era "seguir jugando", a pesar de tantas barreras y escasos recursos económicos. La carta manaba sinceridad y gratitud. Ellos, que tuvieron la oportunidad de conocer el court central del Buenos Aires y estar cerca de sus ídolos, regresaron a su pueblo con el corazón recargado. Le pusieron tanto amor y empuje a sus ideales que, producto de actos benéficos, juntaron la plata necesaria para participar por primera vez en la Liga del Litoral. Y como golpe de gracia, los gobernantes, al enterarse del viaje a "la capital" y de semejante empeño, les construirán una cancha para que jueguen gratuitamente... ¡Los milagros inesperados existen!
En mi "expedición" no le presté atención a lo negativo (pequeños emulando a Hewitt y sus malos modos de festejar; gritos en la cara del oponente; discusiones de uno y mil piques; etc., etc.). Por encima de esas nimiedades gocé la grandiosa actitud de estos chicos que merecen ser reconocidos y mucho más todavía. Me enseñaron demasiado. Por eso, soy yo el agradecido. Nunca olvidaré a los pequeños de Soledad ni al rival de mi hijo.
© Eduardo Puppo - 2005