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El "come on" y sus consecuencias
"Los jugadores tendrán actitudes acordes con la excelencia del espíritu deportivo" es una de las premisas del Código de Conducta que universalmente acepta cada uno de los que pisan una cancha de tenis. A raíz de las dos semanas del Abierto de Australia, donde se sucedieron algunos problemas que tuvieron como blanco a Lleyton Hewitt, es bueno e interesante tratar de entender dónde está el límite.
Ya explicamos en la nota del torneo qué pasó entre el australiano y los argentinos. Es innegable el inmenso corazón de Hewitt, que muchas veces lo llevó a pasarse de la línea, fina, entre el autoaliento y la falta de respeto hacia el rival, la arrogancia y la hostilidad. Su "come on" resultó agotador de sobrellevar y sólo basta haber jugando algún interclubes como visitantes, en cualquier categoría, para comprender lo desmoralizante que eso resulta. Ante Juan Ignacio Chela tomó ribetes de alta tensión: puño apretado y grito en la cara del argentino fueron moneda corriente ante cada tanto ganado por Hewitt o perdido por Chela. En un cambio de lado, ya sacado de sus casillas, Chela escupió para la silla donde estaba sentado su rival, irreverencia que luego remendó cuando terminó el encuentro, pidiendo disculpas aunque no evitó una multa.
En cuartos, la "víctima" fue David Nalbadian. Hewitt ya no tenía freno y su voz se escuchó más fuerte aún. El cordobés se mantuvo sereno, con la procesión por dentro. En un cambio de lado, Hewitt pareció cederle el paso pero aceleró cuando David cruzaba frente a la silla del umpire, tocándole un hombro. Le respondió con una mirada de pocos amigos. Acto seguido, Nalbandian le pidió al juez que hiciera algo para controlar al desbocado australiano, pero fue tarde.
El famoso Código habla de los insultos verbales que, interpretados, no siempre deben relacionarse con malas palabras. Las leyes dicen: "abuso verbal siginifica cualquier expresión dirigida al contrario que insinúe deshonestidad o sea despectiva, insultante o, de algún modo, injuriosa". Gritarle en la cara un punto perdido al oponente encaja en esta descripción, por ejemplo. Pero hay más. En el apartado de "abuso físico" se aclara: "si la infracción se produce durante un partido, el jugador será penalizado... Se considera abuso físico tocar sin permiso a un oficial, contrario, espectador u otra persona". Estos términos podrían relacionarse con aquel cambio de lado.
Las palabras pueden decir mucho o poco; ser similares o distintas, pero únicamente por el hecho de tener que resistirlo -como un elemento más a superar en el escenaro de un partido de tenis-, ya se convierte en una situación hostil. Y eso es lo mismo que agredir, acosar, molestar o inquietar, según reza cualquier diccionario, y debería ser motivo de penalizaciones. Si el fastidio es reiterativo, las cuentas son claras: aviso en la primera violación; punto en la segunda y descalificación en la tercera. ¿Se imaginan a Hewitt descalificado en el torneo de su país?
La prensa australiana magnificó estos problemas y los llevó más allá todavía: esperan que las hostilidades continúen en la serie entre Argentina y Australia por Copa Davis, en Melbourne, si ambos países ganan sus compromisos de primera rueda... Y uno de los diarios locales advirtió: "lo peor que Nalbandian pudo haber hecho es enfrentarse en una guerra con Hewitt, un jugador al que todavía no pudo ganarle ni física ni mentalmente..." Ni adentro ni afuera existió coherencia. David, apenado por su derrota después de estar a dos puntos de las semifinales, señaló: "Si hace eso cuando gana un punto, está bien. Pero no cuando es el rival quien comete un error o algo parecido. Eso es lo peor; es antideportivo". Y lo mismo sintió Chela y también el norteamericano James Blake, que optó por burlarse de Hewitt imitándole los gestos después de ganar algún tanto...
Al ser local se le perdonaron demasiadas extralimitaciones. Cumpliendo las reglas al pie de la letra y teniendo en cuenta qué efecto causó en quienes tuvo enfrente, el supercompetitivo australiano no tendría en su casa el plato de finalista. De todas maneras, como balance positivo, en la final contra Safin apenas abrió la boca. Sólo apretaba el puño y se mordía los labios ante el éxito o la adversidad. El umpire español Carlos Ramos, jugando con fuego, incluso tuvo el coraje de aplicarle una advertencia tras una falta de pie, cuando Hewitt insultó al linesman. Tal vez las autoridades le hablaron en los vestuarios o el ruso le impuso demasiado respeto, pero jugó callado y el clima fue más normal.
Mensaje para los chicos: el espíritu combativo de Hewitt es para copiar, sus excesos, para olvidar.
© Eduardo Puppo - 2005