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Las coberturas periodísticas
¿Te llevo la valija?
A raíz de una penosa noticia que envuelve al mundo de los periodistas de tenis -y más aún a los que tenemos el privilegio de cubrir internacionalmente este deporte-, nace la necesidad de tocar un tema estrechamente relacionado. Cuando se jugaba Wimbledon 1960, un británico diminuto y de ojos saltones iniciaba su carrera escribiendo para el diario Oxford Mail, que muy pronto lo catapultó a medios más conocidos por la mayoría, como el Daily Mail y el The Daily Telegraph. Siempre fue un ícono referencial del torneo inglés, para el que publicó decenas de libros. Infaltable en los Grand Slam desde entonces, viajó hace pocos días a Miami. Pero el esfuerzo, al estar debilitado físicamente, le provocó una neumonía. A nuestro cierre, su destino era incierto y anhelamos su recuperación, pero los médicos norteamericanos no eran optimistas.
Más allá de su acuciante realidad, Parsons resume perfectamente el punto que deseamos abordar, cuya "punta" lanzó el colega Jorge Búsico, del diario Clarín, durante su cobertura del Nasdaq-100 Open: "cada vez que un periodista viaja al exterior escucha de sus amigos los que no pertenecen a la profesión, claro expresiones de envidia. Y aunque uno suele sentirse un privilegiado, no logra que los demás entiendan que ésto se trata de un trabajo; que nadie bah, siempre hay excepciones va a pasear y que a veces ni siquiera existe el lugar para el esparcimiento. El tenis es un deporte que no da pausas en los grandes torneos. Los días arrancan a las 10 y pueden llegar a terminar a la 1 del otro día. Así fue el lunes cuando empezamos con Paola Suárez y terminamos con Guillermo Cañas..." Allí está la cuestión. Esta profesión ofrece ventajas indiscutidas y dificultades tormentosas, como la falta de tiempo, un toque de imprevisibilidad y advertir un cierto descontrol de la misma libertad. Como emulando un mágico sueño, estamos tipeando notas en nuestra computadora hogareña y al otro día aparecemos en Agadir, Belarús, Hawaii o Melbourne, obligados a dejar a un costado sentimientos o problemas personales. En muchos casos viviendo fuera de casa más de cinco meses al año...
Sí, es cierto: quejarse de cosas así parece un chiste o una tomada de pelo ante tanta locura cotidiana de millones de personas colgadas de colectivos y trenes, que se levantan a las 5 de la mañana para ir a un trabajo lejano y mal pago. Pero no busquemos comparar. Hay ocupaciones más llevaderas, otras irritantes; remuneraciones infladas, otras injustas. Rescatamos las dignas y de allí partimos. El periodista especializado que cubre acontecimientos (en cualquier disciplina) también pasa por situaciones difíciles y está expuesto a "correr la coneja" más de una vez en su ajetreo profesional. No importa demasiado el hotel cinco estrellas que sirva de casa pasajera ni los traslados en lujosos autos de la organización. El periodista responsable hace "carne" el torneo. Una cobertura conlleva contratiempos constantes y de todos los colores: conexiones que se niegan, fotos que no bajan, imposibilidad de ver partidos simultáneos que luego hay que explicar, las diferencias horarias en contra, llegar tarde a las comidas, los pedidos desde la redacción de más líneas, más notas, más recuadros, etc. etc. Y la incertidumbre que gobierna nuestras mentes: nunca se sabe sí, al irnos al hotel o a dar una rápida recorrida del lugar, en el club está pasando algo crucial y quedemos expuestos. Tanto en un Grand Slam como en Copa Davis. Por eso no hay márgenes demasiado flexibles. Igual que los tenistas, que tienen el día acotado al máximo con los entrenamientos físicos, técnicos y mentales, los partidos, el descanso, la atención a la prensa, etc. etc.
Cuando comencé mis coberturas, en el US Open 1983 -impulsado por Guillermo Salatino que facilitó mi primera acreditación y el viaje en sí-, pude tener ahí, al alcance de mis ojos, no sólo a los jugadores que jamás había visto en vivo (Connors, McEnroe, Evert, Navratilova, etc.) sino a los periodistas-gurú que yo leía en las viejas revistas World Tennis o veía en las primeras transmisiones de tv, como el mismísimo Bud Collins o el nombrado Parsons. Me parecía increíble estar en la misma Sala de Prensa; los miraba y analizaba qué hacían, escuchaba sus relatos telefónicos y miraba cómo movían sus dedos en las legendarias Lettera o Remington. Esto me emociona cuando en la actualidad -y dejo de lado cualquier atisbo de soberbia- llego a un certamen y Collins me pega un grito de lejos saludándome con una sonrisa y levantando su mano derecha. Haciendo un paralelo con los tenistas, la sensación es idéntica a la que seguramente sienten nuestros chicos, que veían por televisión a ídolos como Agassi, Moyá o Hewitt y hoy son sus compañeros de trabajo y hasta les ganan...
No es nada lindo ver que una vida se apaga. No sé si Parsons es una buena o mala persona, este espejo sólo pretende reflejar su entrega al periodismo; sus horas y horas de vuelo de un lado al otro del mundo. No es el único, por supuesto, pero lo tomamos como patrón de historias muy semejantes unas de otras. Seguramente tendrá todos los honores; la BBC informó constantemente sobre su estado y en Miami, precisamente, recibió el Ron Bookman Award a la "Media Excellence" por parte de la ATP. Un premio que sin dudas debió tener en sus vitrinas antes, pero fue ahora, quizás apurado por la salud del periodista. Pero mejor tarde que nunca, como suelen ser los reconocimientos.
Todos aspiramos a que nuestra tarea tenga peso: no sirve viajar por viajar, sino estar al servicio del tenis para su difusión y desarrollo; no sirve hablar por una radio o escribir en una revista o un diario porque sí, sino mantener una línea coherente y creíble; no sirve pactar por conveniencia sacrificando a la verdad, sino ser honestos y defender lo justo. Algunos lo consiguen frontalmente, otros contemporizando. Algunos se pelean más, otros menos. Ambos merecen el mismo aval y respeto. Son estilos opuestos, como los que diferencia a los jugadores, que si conducen a la excelencia profesional, bien vale uno o mil tropiezos.
© Eduardo Puppo - 2003.