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Prueba superada (¡Argentina a la final!) (noviembre 2006)
¿Cuántos argentinos habrán disfrutado de la final mundial de Copa Davis 1981? ¿Cuántos serán los privilegiados que, por alguna razón profesional, fortuita o personal, estuvieron en Cincinnati entre el 11 y el 13 de diciembre de aquel año? Para unos pocos amantes del tenis, cual cometa Halley (al que se visualizó en 1910 y en 1986 y volverá en 2061), la oportunidad de ser testigos vuelve a presentarse tras un larguísimo tiempo. Cuando la primera pelota de la final 2006 se ponga en juego, quedarán atrás 9.115 días de paciente espera. Son los que nos separan de aquella gran batalla que sobre la carpeta del River Front Coliseum entablaron Guillermo Vilas y José Luis Clerc, secundados por Ricardo Cano y Eduardo Bengoechea, frente a la prácticamente imbatile armada norteamericana de John McEnroe, Roscoe Tanner y Peter Fleming. Poco menos de 25 años más tarde el tenis nos regala otra chance. Y no importa demasiado si los chicos de hoy logran superar a los grandes del ayer. Lo trascendente es haber llegado hasta allí, tan lejos, donde las comparaciones no tienen sentido.
La última serie frente a Australia "debía" pasar por ciertos rangos de examen. La nueva sede, una incógnita para organizadores y espectadores, funcionó sin problemas. Aún con los detalles que en toda casa nueva se deben corregir y que a modo de aporte constructivo es bueno mencionar: las distancias entre los sectores gastronómicos, que por los vallados impedían un paso directo; la incómoda visión desde la primera fila intermedia por las barandas metálicas; la poca "cancha" de los acomodadores; el alto costo de hamburguesas y bebidas; el poco espacio entre butacas; la señalización un tanto escasa; varios tapones policiales en los ingresos vehiculares poco prácticos; la reventa de entradas a pasos de los accesos; gran cantidad de chicos y grandes en la sala de prensa que no eran periodistas y las cabinas en el estadio demasiado altas... Son algunas de las quejas escuchadas al pasar.
Los pro, que injustamente se retacean a la hora de opinar, fueron muchos. Básicamente porque en líneas generales reinó el orden. Los que asistieron en auto, agradecidos por el inmenso estacionamiento situado frente al predio; la desconcentración de entrada y salida de gente no causó dramas; el aspecto del lugar fue prolijo y muy limpio; la impecable lona para tapar la cancha cuando llovió no tuvo nada que envidiarle a las de Wimbledon... Sin duda existirán más elementos destacables, que por no prestar atención, al funcionar, uno no los retiene. Para tranquilidad de los anfitrones, las falencias son simples de remediar en la próxima.
El recibimiento que se le brindaría al "malo" visitante, Lleyton Hewitt, también contenía cierto grado de dificultad, mayormente enfocado a posibles represalias reglamentarias hacia el público local. Nada sucedió, al menos nada pasó a mayores. Eso sí, un fuerte tirón de orejas a la trilogía de cantitos agresivos ("A estos p... les tenemos que ganar"; "Agarrá esa, canguro h... de p..."; "Lleyton p... y maricón"). El primero resultó un ritual insultante que, balbuceado o gritado, lo descargó el 70% de los presentes, asombrosamente descontrolados... No fue un ejemplo, precisamente. Hewitt, que sólo apeló a cuatro de sus tradicionales "come on", nunca provocó a nadie.
En fin, sin desmerecer a las siete semifinales que quedaron en eso, los saltos cualitativos obtenidos ahora y en el '81 son tan gigantescos que quizás por eso no logremos interpretarlos en toda su dimensión. El 6-5 y 40-15 del tercer set del dobles entre Australia y Argentina, en Parque Roca, representaba un "link" hacia la gloria. Esos cuatro o cinco segundos que mediaron entre el primer smash de Calleri y el segundo de Nalbandian, que finalmente cerró el duelo, hizo tambalear al inestable equilibrio entre dos dimensiones: la de cumplir una excelente actuación -siendo uno de los cuatro países sobrevivientes en el Grupo Mundial- y la de transportarse al exclusivo espacio de los finalistas. Ni hablar si el 2 o el 3 de diciembre nuestros jugadores pasan al siguiente umbral, por ahora desconocido y esquivo. Si se concreta -y obviamente contemplando el orden de prioridades que el ser humano debe manejar en la vida-, millones de lágrimas rodarán por millones de mejillas. No importará si es tenis, fútbol, básquet, hóckey... Entonces, recién entonces, comprenderemos qué tan extraordinario es ser el mejor del mundo en este deporte.
Eduardo Carlos Puppo ©
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* Director Tenniscom.com, Director revista SOLO Tenis, columnista Contratenis TyC Sports, analista CNN en Español, Director Prensa ATP Buenos Aires, cubrió 30 Grand Slam además de Copa Davis, Fed Cup y Masters de damas y caballeros.
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