>> Volver a home
Claroscuros de verano
El primer "gran golpe" de la temporada lo dio el mismo hombre que asombró con el "golpe de gracia" del año pasado. Haber estado a sólo dos games de jugar la final del Grand Slam inicial de 2006 le concedió a David Nalbandian, por si hacía falta, la credencial definitiva de gran jugador. A un costado quedaron las altas y bajas de un veinteañero que quiere vivir su post adolescencia sin perderse nada, como lo haría cualquiera de nosotros. Según sus palabras y objetivos, el tenis recibirá sus mejores esfuerzos de ahora (o desde cuando decidió hacerlo meses atrás) en más. Confirmó de forma contundente las presunciones de quienes seguimos su carrera de cerca: enfocado y con hambre, no posee puntos flacos ni técnicos, ni estratégicos, ni físicos, ni mentales. Un potencial número uno del mundo debe contar con ese bagaje de atributos para alcanzar la cumbre. Eso sí, le tocó una época difícil, con monstruos que le harán complicada la empresa: Federer y Nadal bastan como ejemplo.
Pero los primeros días del circuito mostraron mucho más. Obviamente, la victoria del suizo en Melbourne, jugando en un porcentaje muy inferior a su "velocidad crucero", dejó expuesta su superioridad. Tambaleó pero mantuvo el equilibrio hasta el último punto que quedó en su bolsillo. Tanto le costó ganar el Abierto de Australia que no pudo contener sus emociones cuando el mítico Rod Laver le entregó la gigantesca copa de campeón. Ya había llorado en el primero de sus tres Wimbledon, pero esta vez, dadas las dificultades que fue superando, el séptimo Grand Slam de Federer quedará grabado a fuego. Es preciso extraer una perla del propio faraón: Federer no ocultó su alegría tras conocer a Laver, en el restaurante de jugadores del torneo, luego de disputar las semifinales. No había tenido oportunidad de estar junto al ex gran campeón (obtuvo dos veces, nada menos, el Grand Slam, es decir, los cuatro grandes en un mismo año) y el legendario "Roca", con 67 años, charló durante 15 minutos que fueron gloriosos para el mejor tenista del momento, quien no se cansó de contar su experiencia. Nueva muestra de humildad.
Su inédito rival, el chipriota Marcos Baghdatis, con frescos 20 años, un pasado relevante de juvenil y un futuro que pinta brillante, se fue poniendo a la gente de su lado en base a excelente tenis y entrega. En 14 días le giró la vida radicalmente. Y no fue el cheque de medio millón de dólares la causa, sino pasar a ocupar la consideración mundial desde una vidriera imposible de ocultar. La ATP creó una página sobre él, a pedido de los internautas, como ocurrió en su momento con Federer, Hewitt, Roddick o Nadal; fue apoyado por decenas de tíos y primos, a los que el mismo jugador invitó para que lo alentaran; se habló hasta de liberarlo del servicio militar y los chicos no fueron a clases cuando jugó contra Nalbandian... Le llueven contratos publicitarios y muy pronto romperá la barrera de los 15 mejores, tras pasar del puesto 54º al 27º por su performance australiana. Aún en la cresta del éxito supo decir durante la entrega de premios: "El trabajo y el sacrificio de mi familia ya están recompensados, aún perdiendo esta final. Es un sueño hecho realidad, algo grandioso. Federer es un gran deportista, carismático y un ejemplo para todos. Es un placer jugar contra él. Lo vi llorar por televisión cuando ganó en Wimbledon y yo también lloré. Comprendo ahora las emociones que se viven en momentos así". Para ponerlo en un cuadrito.
Finalmente, comprobando que nada es perfecto, en la calurosa y pulcra ciudad australiana también se rescató material para el descarte: la pésima actitud del alemán Nicolas Kiefer -que por instantes pareció encarnarse en el impresentable austríaco Daniel Koellerer-, volvió a poner en el tapete la fina línea entre lo permitido y lo desagradable. Muchos habrán observado cómo festejaba los errores de Juan Ignacio Chela (pobre, siempre choca con algún oponente desubicado, tal cual le sucedió en la anterior edición contra Hewitt, de quien se tomó revancha). Después de ganarle en cuartos de final al francés Sebastien Grosjean, la billetera de Kiefer tenía 6.000 dólares menos, que pagó en multas por abusos verbales, obscenidades audibles y visibles. De todo. Lo que no entendemos es por qué no lo descalificaron cuando por ejemplo- arrojó su raqueta en plena jugada, en el momento en que Grosjean estaba por pegar un smash. Y encima el punto quedó para el alemán. Inexplicable. Como con Koellerer, nos parece que se está dejando demasiada libertad en desmedro del que está enfrente y de los que estamos afuera. Para revisar urgente. Los claroscuros del verano, nunca tan bien definidos como en este Abierto de Australia.
Eduardo Carlos Puppo ©
|

* Director Tenniscom.com, Director revista SOLO Tenis, columnista Contratenis TyC Sports, analista CNN en Español, Director Prensa ATP Buenos Aires, cubrió 30 Grand Slam además de Copa Davis, Fed Cup y Masters de damas y caballeros.
|