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Ojalá triunfen los buenos

Nunca como en el último mes hemos cosechado tanto material para la columna del haber. Y no me refiero a cuestiones económicas, sino humanas. Hace 30 días destacamos la excelente conducta de un chico en un torneo de menores y la del norteamericano Andy Roddick frente a Verdasco. Ahora, casi como una zaga de aquel editorial, el mismo tenista (y Nº 3 del mundo, que quede claro) dio la nota cuando perdió con el argentino José Acasuso en Roland Garros. Luego de caer por 8-6 en el quinto set, Roddick saltó la red y fue a abrazar a su vencedor, que festejó acostado sobre el sagrado polvo de ladrillo parisino.
Minutos después, el misionero se encargó de destacarlo: "es un caballero dentro y fuera de la cancha; me felicitó al terminar el partido y después de ducharnos, en el vestuario, deseándome buena suerte". Roddick experimentó un notable y positivo cambio de actitud en los últimos años; antes gritaba los puntos ganados en la cara de los rivales y no paraba de discutir. Ahora, sólo intimida con su mirada y con su servicio, pero ya demostró que las “buenas acciones” no son cinematográficas sino convencimiento puro. Lo mismo sucedió con Andre Agassi: aquel del pelo largo y shorts de jean, que tantas veces discutió y arrojó su raqueta por los aires -incluso apuntando directamente al umpire- se dio cuenta del papelón que hacía y se mutó en un señor con todas las letras, donde nada tuvo que ver la caída de su cabello... Otro cambio de postura.
En contraposición al conocido mal ejemplo de Lleyton Hewitt se sumó otra figura poderosa como la del español Rafael Nadal, con similar lenguaje corporal, explosivo, híper activo, puños apretados y gritos de autoaliento. Pero se perciben diferentes a los de Hewitt y hasta son aceptados por la mayoría, principalmente por ser un compendio de garra, entrega y goce deportivo. Es buena gente y, a la menor oportunidad, trata de demostrarlo. Un ejemplo lo dio tras vencer al francés Richard Gasquet en Francia, en un muy promocionado “duelo del futuro” que no fue tal: “es cierto, me saqué un peso de encima, porque no era fácil ganarle en su tierra; pero siempre digo que no hay ninguna rivalidad con un jugador específico, ni soy el mejor, ni me quiero comparar con nadie; no hay enfrentamiento entre dos personas, sino entre todos. Cuando nos dimos la mano le pregunté si tenía algún problema físico, porque lo vi cansado, pero me dijo que no, en absoluto, y me felicitó”. ¿Algo para agregar? Aplausos para ambos.
Otra muestra de “deportividad” la ofreció Mariano Puerta: aún perdiendo la final se fue como héroe y desparramando una conducta ejemplar. Jugó siete partidos increíbles en Roland Garros sin una queja, sin insultos, sin excusas, sin raquetas al piso; aceptando la adversidad y las hipotéticas injusticias en los fallos. El mismo Nadal fue blanco de alabanzas de su parte. Como un hidalgo perdedor dijo: “se convertirá en leyenda, está haciendo historia en el tenis... Tiene cabeza para hacer récords...” Con bajo perfil y gran altura, le propinó una lección al mundo del tenis.
En el medio de estas buenas nuevas tuvimos un par de tragos amargos, con los nuevos encontronazos entre Gastón Gaudio y Guillermo Coria. Como mortales que son, tienen sus diferencias. El tiempo, tal vez, se encargará de aclararlas y curarlas y hasta lleguen a ser tan amigos como finalmente lo son Guillermo Vilas y José Luis Clerc, que se distanciaron en sus momentos de esplendor. No fueron felices las idas y vueltas de palabras, pero tampoco merecían algunos comentarios periodísticos dilapidarios y exageradísimos, tan negativos como el origen de los mismos.
Volviendo al fairplay, el recuerdo de una situación que tengo grabada hace mucho tiempo y podría ser considerada un ejemplo de oro: el norteamericano Tom Gorman le estaba ganando las semifinales del Masters (en Barcelona, diciembre de 1972) a su compatriota Stan Smith por 7-6, 6-7, 7-5, 5-4 y 40-30. O sea, match point a su favor. En ese momento se acercó a la red, lo llamó a Smith, le dio la mano y le dijo que no continuaba. ¿Qué pasó? Gorman advirtió que se había lesionado unos puntos antes de cerrar su victoria y consideró que, si ganaba, no podría presentarse en la definición. Por eso le concedió la victoria a su rival, para que, por respeto al público, la final se jugara. Norman recibió de los organizadores 2.500 dólares como "Sportsmanship Award" por su acción, además de los 5.000 que le correspondieron por perder en semifinales...
Todo tiene que ver con cómo queremos que nos recuerden. Que triunfen los buenos y que los laureles se los guarde quien realmente lo merezca.

Eduardo Carlos Puppo ©


* Director Tenniscom.com, Director revista SOLO Tenis, columnista Contratenis TyC Sports, analista CNN en Español, Director Prensa ATP Buenos Aires, cubrió 30 Grand Slam además de Copa Davis, Fed Cup y Masters de damas y caballeros.