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25-06-2001
El sol regresa a Wimbledon
Esta edición de Wimbledon está renovada y con ganas de convertirse en el mejor torneo de Grand Slam en todos los aspectos. Mucho no le falta, tal vez, a nuestro gusto, sería necesaria una cuota de humildad aún mayor por parte de los organizadores. Es que todo es más terrenal que hace años atrás, pero todavía les cuesta desprenderse de la tan mentada flema inglesa y dar rienda suelta a mayor libertad tanto para el público como para la prensa.
Han cambiado tanto al tradicional All England que en algunos casos puede confundirse con otro torneo de los buenos pero norteamericano. Se modernizaron a tal extremo que algunas de las tradiciones ya ni siquiera existen. La gente camina más, especialmente entre las canchas secundarias, y los jugadores no pueden quejarse como en ediciones pasadas. Se puede hablar entre los puntos -desde lo alto de las tribunas- y algún celular que otro suena cortando el sepulcral silencio de la central. A propósito de la "catedral", sigue siendo tan emotiva como extraña. Pero los guardianes de las puertas son ahora de "carne y hueso", se ríen con los que esperan entrar y hasta hacen chistes y suben y bajan de las escaleras de acceso y cuentan como va el partido de turno. Eso, antes, no podía ni pensarse.
Todo comenzó como estaba en los "libros", con el primer saque del mítico escenario central realizado por Pete Sampras, el campeón defensor, y con el público respetando cada segundo que viven en ese lugar. Afuera, en la histórica Church Road que indica el camino al All England -y que comienza en la estación Southfield de subte- sigue alojando carpas y carpas con los fanáticos que duermen dos días antes para poder entrar primeros una vez que las puertas se abren cada jornada. Las páginas amarillentas del pasado reviven como una animación computada en el Museo que visitan miles y miles de almas mientras en las canchas se juegan por la gloria. Y muchos de los que lograron entrar al club, jamás pisarán la cancha central. Pero igual están y gozan hasta el límite "el" día que les tocó para ser protagonista. Esto lo tendrían que asimilar todos, jugadores, periodistas, allegados. Los que tienen la inmensa fortuna de poder caminar sin restricciones por los pasillos del mayor club inglés de tenis. Y aquí estamos, para contarlo una vez más. Aquí salio un sol inédito que inunda las tribunas de los 18 courts habilitados. Aquí se respira tenis, se lo vive como en ningún lugar del mundo. Simplemente, porque aquí, justamente aquí, nació el tenis.
10-7-2001
Pasé algunos años sin cubrir Wimbledon. Quizás, junto al Australian Open, es de los torneos que primero se dejan un poco de lado cuando las economías argentinas (porque no tenemos una, sino millones) nos hacen transpirar y elegir muy bien dónde ir. Por las distintas actividades que fui encarando las coberturas disminuyeron centrándose en el infaltable US Open, las Copa Davis y la renovada artillería de excelentes citas locales como la Copa Ericcson y la Copa AT&T. ¿Por qué este introito? Porque esta visita a Londres me dejó con la boca abierta de asombro en muchos aspectos e hizo variar mi visión sobre Gran Bretaña misma...
Los ingleses lograron dar vuelta muchísimas cosas que tienen que ver con la tradición. Y eso, creo, es más que una noticia. Porque todos conocemos (o conocíamos) las dificultades y los choques culturales que debíamos enfrentar una vez que pisábamos aquellas tierras. Pero aquí tocaremos únicamente tenis. Y más precisamente Wimbledon y la apertura de par en par que hicieron los organizadores del autodenominado "The Championships", título nobiliario que no le queda nada grande por cierto.
Los cambios que comenzaron el año pasado sorprenden. Es otro Wimbledon. Amplio por donde se lo mire. Con las instalaciones más cómodas de los cuatro Grand Slam tanto para la prensa como para los jugadores y público. Y por más que a los argentinos nos "tire" más Roland Garros por la eterna relación con el polvo de ladrillo, íntimamente siento que sentarse en una butaca de "la Catedral" y respirar el aire que parece bajar del legendario techo, no tiene precio. Al menos para un amante de este deporte, por supuesto. Es como estar rodeado de imágenes en blanco y negro que de pronto estallan en un estruendoso aplauso tras uno de los últimos saltos que nos regala Pete Sampras. Es percibir el tenis en su estado natural, virgen, blanco...
Este año pude llegar tres días antes del comienzo y descubrí muchísimas cosas que nunca había visto. Es la verdadera previa. El All England está al desnudo. Se puede "oler" la meticulosidad de los encargados de cada sector, al que cuidan como si fuera su propia casa nueva. La alegría de los voluntarios en las solitarias canchas secundarias, practicando cómo taparlas con las lonas cuando las siempre autoinvitadas lluvias caen días después para perturbarlo todo. Pero Wimbledon sin lluvia no es Wimbledon. Y los primeros ocho días -incluídos los de clasificación- fueron un calco de las tórridas jornadas neoyorkinas que acompañan al Abierto de los Estados Unidos cada primavera. Hacía calor, mucho calor. Y el sol se plantó limpio en el firmamento. Nadie podía creer que "eso" fuera Londres. Los ingleses más veteranos se cubrían la piel como podían, sin parar de comer la vianda que se llevan en un "taper" con el sandwich y las frutillas con crema. Lo más chicos, buscando sacarse la remera cuando los guardias descuidaban las canchas más lejanas. Pero el sueño duró poco: la segunda semana no paró de llover y hasta la final masculina tuvo que postergarse para el lunes...
Volviendo a la organización, se han creado varias salas de prensa para los diferentes medios (escritos, radiales, televisivos) con todo lo necesario para una cobertura perfecta. Confortables, amplias, conectadas a un muy buen restaurante gigantesco con vista a las canchas cuya única falla son los precios (en libras, claro está). Sobra información, data de la buena, estadística al segundo y visualización de la mayoría de los encuentros por televisión. Y un personal adiestrado y amable presto a las soluciones.
Los espectadores que no tiene acceso a los estadios (central y número uno) puede sentarse en el césped del Aorangi Park para ver todo lo que allí suceda en inmensas pantallas de alta calidad (con sol se veía perfecto) y un sonido envolvente potenciado por los aplausos que se generaban "en vivo" metros más allá. Rodeando el club, más restaurantes donde todo está de punta en blanco y casi no es necesario hacer grandes colas para saborear las típicas comidas que allí se sirven. Y por supuesto, proliferaron los shops con merchandising: cada metro hay uno, al mejor estilo Flushing Meadow. Toallas, videos, llaveros, balls, artesanías, indumentaria, calzado, bolsos, mochilas, postales, etc. etc. etc. Se pusieron las pilas para que los aficionados se lleven todo y lo logran, ya que gran parte de las enormes ganancias ahora nacen en ese rubro.
Y finalmente, un párrafo para la gente. Para los locales. Para los miles y miles que duermen días antes de la primera jornada y los miles y miles que lo hacen luego, cada noche, para poder comprar una de las pocas localidades diarias. Son los verdaderos fanáticos que darían todo por estar apostados en la mítica central durante todo el torneo. Pero sólo lo harán una vez. Y si no llueve. De lo contrario, perderán la entrada y sólo tendrán prioridad de compra para la próxima edición. Una vez abiertas las puertas sobreviene la histórica corrida para alcanzar la mejor silla posible de donde no se moverán ni un segundo hasta entrada la noche, cuando cerca de las diez la luz natural diga basta y se esfume la chance de ver un punto más. Y tal como entraron, se irán felices caminando por la Church Road que conduce a la estación Southfields, a unas largas y pintorescas diez cuadras del club. Contentos y rojos por el sol o tapados con sus impermeables evaporando humedad.
A nadie le importa las condiciones. Porque para ver tenis no ponen condiciones, no se quejan. Ellos esperan estoicos que pase el agua cuando les toca esa mala suerte. Disfrutan del entorno. Los que lograron el lugarcito en el court central hacen "la ola", inventan cantos, ríen junto a policías y veteranos de guerra (esos de rojo que se ven en los fondos) y transforman la espera en otra "bendición" que les concede Wimbledon. Lo hacen carne con pasión. Se quedan charlando en grupos en la calle hasta que el último empleado del torneo se vaya a su casa y cierren las pesadas puertas de hierro forjado con las archiconocidas iniciales A.E.L.T.C. Y gastan bromas con los que tienen la renovada esperanza de esperar el día siguiente en un interminable pasillo sobre las veredas. Nadie protesta. Conversan con los circunstanciales "vecinos". Cuelgan los posters de sus ídolos (Sampras, Henman, Rusedski, Rafter, Goran...) e inventan cantos nocturnos para que la cuenta regresiva no sea tan pesada.
Los ingleses, esta vez, me dieron una lección. Tal vez había descartado de mi disco rígido algunos puntos elementales del espíritu de Wimbledon. Pero este 2001 me quedó grabado a fuego. Aprendí demasiado y tengo en mis retinas, en mi memoria y en mi corazón todo lo vivido. Ahora, por respeto a tanto fervor, no me permitiré olvidarlo jamás.
Eduardo Carlos Puppo © 2001
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* Director Tenniscom.com, Director revista SOLO Tenis, columnista Contratenis TyC Sports, analista CNN en Español, Director Prensa ATP Buenos Aires, cubrió 30 Grand Slam además de Copa Davis, Fed Cup y Masters de damas y caballeros.
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