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El bueno de Pete

La primera vez que vi a Sampras fue en agosto del '90, en Flushing Meadow y por casualidad. Como siempre ocurre durante los primeros días de cualquier Grand Slam, deambulando de cancha en cancha me detuve en una donde Thomas Muster definía un quinto set con el peruano Jaime Yzaga.

Después del tie break final y cuando ya la gente se desconcentraba buscando otro hueco para espiar otro partido, recorrí el Daily Draw Sheet y -lo reconozco- me interesó en principio ver al suizo Jakob Hlasek -en esa época aún con gran nivel-, que jugaba frente a una de las esperanzas locales, un tal Pete Sampras, del cual yo no sabía mucho: sólo que había ganado un par de torneos antes y que sacaba muy fuerte.

Cuando llegué, Hlasek estaba un set abajo. Pero lo sorprendente fue ver a un flaquito de pelo corto y cejas anchas -con típico look de estudiante universitario nada interesado por el deporte-, conseguir un ace tras otro sin el mínimo esfuerzo. Allí le presté atención y recuerdo que cuando volví a la sala de prensa les comenté a algunos colegas algo así como "no saben cómo le pega Sampras...", tirando inmediatamente el típico y desafiante "este tipo gana el torneo..." como tantas veces decimos y jamás acertamos.

Por supuesto, no lo descubrí, pero tuve la sensación de estar frente a un monstruo, tal cual me ocurrió en el '79 con Sabatini o ese mismo '90 con Courier en Roland Garros y más tarde con Kafelnikov, Ríos y Phillippousis. Porque cuando se cubre un certamen así, el ir mirando de reojo tantos partidos siempre nos permite visualizar, sin querer, a quienes más tarde o más temprano serán los protagonistas.

Días después Sampras todavía seguía en el cuadro. Hlasek había quedado atrás en sets corridos; luego eliminó a Muster en cuatro y su prueba de fuego llegó contra Ivan Lendl -quien había alojado en su casa a Sampras para entrenar con él dos años antes- y que de las duras canchas neoyorkinas sabía bastante.

A pesar de sus 19 años Sampras tuvo el aplomo necesario para ganar con lo justo los dos primeros sets y sobrellevar la reacción de Lendl hasta liquidar el match con un 6-2 contundente en el quinto. Recuerdo los gritos de Bud Collins (el periodista especializado más carismático, pintoresco y reconocido del mundo), sobresaltado tras la victoria de la estrella naciente y, acompañando a sus alabanzas, las de todos quienes ya apostábamos cualquier cosa por el Sampras candidato: Edberg, el Nº 1, era historia al perder en primera rueda y Becker se debía eliminar con Agassi en semifinales.
Para Sampras quedaba la durísima tarea -más sentimental que deportiva- de cortarle el paso a John McEnroe, ya lejos de sus gloriosos momentos. Y lo hizo. Con absoluta calidad y autoridad arribó a la final. Ya nadie dudaba que -campeón o no-, el tenis norteamericano tenía un renovado y verdadero ejemplar con el poder suficiente para dominar la velocidad en el juego que se venía.

El domingo 9 de septiembre de 1990 (el día después de la gran victoria de Sabatini ante Graf) Sampras selló su pasaporte definitivo como figura, apabullando al Agassi que aún no respondía bien en los grandes torneos. Con esa victoria Sampras dio un paso impresionante en su carrera colocándose número 5 del mundo...

Dos años más tarde compartí una semana de Copa Davis en Hawaii con el equipo argentino que enfrentaba a los Estados Unidos. Dejando de lado lo mal que nos fue dentro de la veloz cancha de cemento, allí comprobé que Sampras era un buen proyecto general de número uno: técnica exquisita, ganador, educadamente atrevido y tan clásico como terrenal.

¿Por qué? Porque no se llevaba la vida por delante; porque -al contrario de sus compañeros Agassi y McEnroe- compartía desayunos con gente desconocida alojada en el hotel; porque conversaba con ellos; porque tomaba sol junto a su monumental novia DeLaina al lado de cualquiera y por el simple pero importante detalle de... saludar. Lo hacía con los choferes de los autos, con los empleados del descomunal Mauna Lani Hotel y también con la media docena de periodistas argentinos que llegamos hasta las islas cuando, al tercer día, ya nos veía la cara en cada pasillo, en cada entrenamiento, en cada caminata hasta el club, a unas cuadras del alojamiento.

En uno de los días previos nos cruzamos en el ascensor (las habitaciones de los jugadores y los periodistas estaban prácticamente juntas) y tras un tímido "hai" que partió inesperadamente de su boca (completábamos el cuadro una señora española y yo), la casual acompañante le preguntó en perfecto inglés: "¡Qué raro! Sos tan famoso y sin embargo tan amable..." Y Pete, casi sonrojado, palabras más, palabras menos, contestó: "es bueno ser el mejor, pero no soy diferente a nadie. Por eso no tengo derecho a ser maleducado..."

Eso es tener los pies aquí, en la Tierra. Ser normal a pesar de su condición de estrella. Es, simplemente, mostrar chapa de grande. Y hoy, años después, sigue en su misma postura, demostrando que no era una fachada inventada como ya nos vendieron varios de los top...

Por todas estas cosas, cuando me preguntan quién es el mejor del mundo de estos últimos años, contesto Pete Sampras. No se le puede encontrar grandes fisuras, porque cuando juega derecho -y, obviamente, esto sucede a menudo- es imbatible, más allá de su debilidad actual, perdiendo en primeras ruedas con chicos que ni siquiera conocen su historia. Y además es un gentleman que respeta a sus rivales; a las decisiones de los jueces -a pesar de masticarlas por dentro-; les da crédito constante a su primer profesor, Pete Fischer; a su desaparecido coach Tim Gullikson; a su masajista Walt... Sólo recuerdo una reacción "violenta" en los partidos que le vi: luego de un fallo en su contra del umpire, él se acercó mirándolo fijo y, cuando todos nos esperábamos una protesta, le dijo con una seriedad que daba miedo: "¿apostarías tu vida asegurando que esa pelota fue mala..?". Sin palabras.

En eso le volvió a quitar el manto de locura, histeria, agresividad y sensacionalismo que la posición de líder tenía como estereotipo. Sampras completó el cuarteto de "buenos" junto a Wilander, Edberg y Courier pero con características todavía más naturales, sacándole definitivamente la fama de "inalcanzable" a los ídolos deportivos.

De Stefan Edberg se decía que las tenía todas: número uno del mundo, atleta, multimillonario, buen tipo y, encima, pintón. De Sampras puedo afirmar que los cuatro primeros puntos se cumplen. El quinto, no me toca a mí asegurarlo...

Eduardo Carlos Puppo © 2001




* Director Tenniscom.com, Director revista SOLO Tenis, columnista Contratenis TyC Sports, analista CNN en Español, Director Prensa ATP Buenos Aires, cubrió 30 Grand Slam además de Copa Davis, Fed Cup y Masters de damas y caballeros.